Foro

 

 

 

 

Por favor, o Regístrate para crear mensajes y debates.

EDUCACIÓN DIGITAL RESPONSABLE: HARINA Y MUNDO DIGITAL

Hace años jamás me habría imaginado que una parte tan importante de mi vida acabaría pasando en la cocina. Pero así ha sido. Ahora soy madre, llevo una casa y, en el reparto cotidiano de tareas con mi marido, a mí me tocó cocinar. Y la verdad es que lo agradezco en el alma. Porque disfruto cocinando. Incluso haciendo lentejas.

Domingo por la tarde. Mi hija pequeña y yo en la cocina. Y sobre la encimera, el mismo libro de siempre: 1080 recetas de cocina, de Simone Ortega. Ese libro lo usó mi abuela toda la vida. Lo tiene mi madre. Lo tengo yo. Y probablemente media España ha tenido uno en alguna estantería de la cocina, con páginas dobladas, manchas de aceite y recetas que ya forman parte de la familia. Para mi abuela, aquel libro era algo así como su internet de las recetas. Pero en versión fiable. Porque las cosas salían bien.

Y hay una frase de ese libro que nunca se me olvidó. La leí por primera vez intentando hacer los rosquitos de mi yaya. Yo tendría unos 16 años. Iba leyendo la receta bastante confiada hasta que llegué a aquella indicación tan desesperante:“Harina, la que admita.”Y recuerdo indignarme. Pero vamos a ver… ¿eso cuánto es?¿Cuándo deja de “admitir”? ¿Cómo se supone que voy a saberlo?

Porque cuando haces algo por primera vez, no tienes ni idea de lo que estás buscando. No sabes cómo tiene que quedar la masa. No sabes si está demasiado pegajosa o demasiado seca. No sabes si le falta harina… o si acabas de arruinar la receta. Y creo que ahí hay algo muy importante.

Ese libro, escrito en 1972 y considerado casi una biblia de la cocina española, daba por hecho algo que entonces era bastante habitual: que no estabas cocinando sola. Daba por hecho que había alguien cerca. Una madre. Una abuela. Una tía. Alguien que no necesitaba medirlo todo exactamente porque podía enseñártelo con las manos. “Todavía se pega.” “Ahora sí.” “Un poquito más.” “Para, que te vas a pasar.” “Mira. Este es el punto.” Porque hay aprendizajes que se aprenden mirando. Tocando. Equivocándose. Repitiendo. Y, sobre todo, teniendo a alguien al lado mientras aprendes.

Porque la realidad es que las primeras veces necesitamos acompañamiento. Necesitamos criterio prestado hasta construir el nuestro.

Y entonces pensé en el mundo digital. En el primer móvil. En el primer grupo de WhatsApp.
En el primer mensaje malinterpretado. En la primera vez que un niño se siente fuera porque no está en un grupo. En la primera tarde perdida en TikTok. En el primer videojuego diseñado para no terminar nunca. En la primera vez que una niña empieza a odiar su cuerpo al compararse con lo instagrameable. Y me di cuenta de que, muchas veces, estamos haciendo exactamente lo contrario que hacían nuestras abuelas en la cocina. Les damos herramientas dificilísimas de manejar… y luego les decimos:“Tú ya irás viendo lo que admites.” Como si supieran. Como si alguien les hubiera enseñado antes a reconocer cuándo algo empieza a hacerles daño. Cuándo una conversación digital se está torciendo.
Cuándo un videojuego deja de ser ocio y empieza a ocuparlo todo. Cuándo una red social deja de entretener y empieza a morder la autoestima. Cuándo el cuerpo está agotado aunque la pantalla siga ofreciendo una cosa más.

Porque ellos también están haciendo su primera receta. Y no es precisamente sencilla. Es una receta diseñada por adultos, por empresas, por algoritmos y por sistemas pensados para que siempre parezca que aún admites un poco más. Un vídeo más. Una partida más. Un mensaje más. Un rato más. Una notificación más. En la cocina, si te pasas con la harina, se nota enseguida. La masa se rompe. Se endurece. No hay quien la maneje. En el mundo digital, en cambio, el exceso aparece de forma mucho más silenciosa. Un día duerme peor.
Otro día contesta peor. Otro día ya no sabe aburrirse. Otro día todo lo que no sea pantalla parece poco. Otro día intenta parar… y no puede. Y entonces decimos: “es que no se regula”. Claro que no. Nadie aprende a regularse solo en una cocina desconocida, con una receta difícil y sin nadie que le enseñe dónde está el punto.

Y entonces entendí algo viendo la cara de indignación de mi hija aquel domingo tarde en la cocina, leyendo la receta de los rosquitos. Que el problema no es la receta.Ni siquiera es la harina. El problema es dejarles solos demasiado pronto.

Tenga tu hijo o hija la edad que tenga, únete al pacto de familias: https://pacto.adolescencialibredemoviles.es/

 

Un beso con un café y un rosquito,

María Vidal Denis.