Foro

EDUCACIÓN DIGITAL RESPONSABLE: EL ROBO DE MOMENTOS
Cita de MVD en 10 de abril de 2026, 10:14En 2010, cuando terminé la residencia y empecé a trabajar como radióloga pediátrica en el Materno, me pareció una idea estupenda ir andando desde casa. Era una media hora de camino y enseguida descubrí que aquel rato me encantaba. No lo vivía como ejercicio ni como rutina saludable. Era simplemente un trayecto agradable. Iba pensando, oyendo música, caminando a mi ritmo y, sin darme cuenta, aquel paseo se convirtió en la antesala de mi día: un tiempo para ordenar ideas, ensayar conversaciones, calmar preocupaciones o, sencillamente, dejarme llevar.
Luego apareció esa idea tan propia de nuestro tiempo: ya que vas andando, ya que tienes media hora, ya que siempre te ha costado el inglés… ¿por qué no aprovecharlo? La propuesta era impecable. Convertir un rato “muerto” en un rato útil. Así que cambié la música por audios de inglés.
No fue una tragedia inmediata. Durante un tiempo incluso me pareció que estaba siendo eficiente. Pero poco a poco empecé a notar algo difícil de explicar: todo era igual… y, sin embargo, ya no era lo mismo.
El paseo había dejado de ser un lugar donde estar para convertirse en un espacio que yo había llenado. Porque no solo estaba oyendo inglés. Estaba impidiéndome pensar. Estaba ocupando con contenido un rato que antes servía para algo mucho más necesario: perderme un poco, filosofar sobre mi vida, dejar que las ideas aparecieran sin forzarlas, escucharme por dentro.
Lo dejé cuando entendí algo importante: no todo lo que puede aprovecharse debe aprovecharse. Hay momentos cuya utilidad consiste precisamente en no estar colonizados por nada. Y eso es exactamente lo que nos está pasando ahora con las pantallas. Lo rellenan todo: el trayecto, la espera, el ascensor, el sofá, incluso los minutos antes de dormir. Cualquier pequeño hueco de silencio se ha convertido en un espacio sospechoso que hay que ocupar enseguida. Y así nos estamos robando algo esencial. Porque esos ratos aparentemente “vacíos” son, en realidad, el lugar donde pensamos de verdad. Donde una idea decanta, donde una preocupación baja de volumen, donde uno se escucha.
El problema del móvil no es solo el tiempo que nos quita. Es algo más fino: nos expropia los márgenes. Esos espacios en los que la cabeza vagaba, respiraba y se encontraba a sí misma. Y esto, que en nosotros ya es una pérdida, en ellos puede ser algo que ni siquiera llegue a existir. Nuestros hijos están creciendo sin esos márgenes. Lo verás a poco que te fijes: a nuestros adolescentes el silencio les incomoda. Necesitan música para ducharse, auriculares para caminar, vídeos para esperar. No es solo consumo. Es que no están teniendo la experiencia de estar a solas consigo mismos. Y ahí es donde se construyen cosas fundamentales: la capacidad de pensar sin guía, de sostener una emoción, de aburrirse y, desde ahí, crear.
Si esos espacios desaparecen, no los estamos sustituyendo por algo mejor. Estamos dejando de entrenar algo imprescindible.
Aquel paseo al Materno me enseñó algo que entonces no supe nombrar: que hay tiempos que no están para ser llenados. Y por eso, esto no va solo de reflexión. Va de decisiones. De cómo organizamos la vida digital en casa. De qué espacios protegemos. De qué ritmos marcamos. Tener un plan digital familiar no es una moda ni una recomendación más: es una herramienta concreta para devolver orden, sentido y límites a todo esto. Para decidir cuándo, cómo y para qué se usan las pantallas, y cuándo no. Puedes encontrar una guía clara y práctica en la web de la Asociación Española de Pediatría:
https://plandigitalfamiliar.aeped.es/plandigitalfamiliar.phpY hay otra decisión clave, probablemente la más importante: retrasar la entrega de un smartphone propio a nuestros hijos e hijas. No se trata de prohibir por prohibir, sino de entender qué estamos adelantando cuando damos acceso a un dispositivo que, por diseño, llena todos los huecos. Que mejor ir poco a poco que darle todo del tirón.
Cuanto más esperemos, mejor será para ellos. Porque no les estamos quitando nada. Les estamos protegiendo algo que es mucho más difícil de recuperar después: esos espacios en los que no pasa nada por fuera… para que, por fin, pase algo por dentro.
Un saludo cariñoso,
María Vidal Denis, presidenta de EDR
En 2010, cuando terminé la residencia y empecé a trabajar como radióloga pediátrica en el Materno, me pareció una idea estupenda ir andando desde casa. Era una media hora de camino y enseguida descubrí que aquel rato me encantaba. No lo vivía como ejercicio ni como rutina saludable. Era simplemente un trayecto agradable. Iba pensando, oyendo música, caminando a mi ritmo y, sin darme cuenta, aquel paseo se convirtió en la antesala de mi día: un tiempo para ordenar ideas, ensayar conversaciones, calmar preocupaciones o, sencillamente, dejarme llevar.
Luego apareció esa idea tan propia de nuestro tiempo: ya que vas andando, ya que tienes media hora, ya que siempre te ha costado el inglés… ¿por qué no aprovecharlo? La propuesta era impecable. Convertir un rato “muerto” en un rato útil. Así que cambié la música por audios de inglés.
No fue una tragedia inmediata. Durante un tiempo incluso me pareció que estaba siendo eficiente. Pero poco a poco empecé a notar algo difícil de explicar: todo era igual… y, sin embargo, ya no era lo mismo.
El paseo había dejado de ser un lugar donde estar para convertirse en un espacio que yo había llenado. Porque no solo estaba oyendo inglés. Estaba impidiéndome pensar. Estaba ocupando con contenido un rato que antes servía para algo mucho más necesario: perderme un poco, filosofar sobre mi vida, dejar que las ideas aparecieran sin forzarlas, escucharme por dentro.
Lo dejé cuando entendí algo importante: no todo lo que puede aprovecharse debe aprovecharse. Hay momentos cuya utilidad consiste precisamente en no estar colonizados por nada. Y eso es exactamente lo que nos está pasando ahora con las pantallas. Lo rellenan todo: el trayecto, la espera, el ascensor, el sofá, incluso los minutos antes de dormir. Cualquier pequeño hueco de silencio se ha convertido en un espacio sospechoso que hay que ocupar enseguida. Y así nos estamos robando algo esencial. Porque esos ratos aparentemente “vacíos” son, en realidad, el lugar donde pensamos de verdad. Donde una idea decanta, donde una preocupación baja de volumen, donde uno se escucha.
El problema del móvil no es solo el tiempo que nos quita. Es algo más fino: nos expropia los márgenes. Esos espacios en los que la cabeza vagaba, respiraba y se encontraba a sí misma. Y esto, que en nosotros ya es una pérdida, en ellos puede ser algo que ni siquiera llegue a existir. Nuestros hijos están creciendo sin esos márgenes. Lo verás a poco que te fijes: a nuestros adolescentes el silencio les incomoda. Necesitan música para ducharse, auriculares para caminar, vídeos para esperar. No es solo consumo. Es que no están teniendo la experiencia de estar a solas consigo mismos. Y ahí es donde se construyen cosas fundamentales: la capacidad de pensar sin guía, de sostener una emoción, de aburrirse y, desde ahí, crear.
Si esos espacios desaparecen, no los estamos sustituyendo por algo mejor. Estamos dejando de entrenar algo imprescindible.
Aquel paseo al Materno me enseñó algo que entonces no supe nombrar: que hay tiempos que no están para ser llenados. Y por eso, esto no va solo de reflexión. Va de decisiones. De cómo organizamos la vida digital en casa. De qué espacios protegemos. De qué ritmos marcamos. Tener un plan digital familiar no es una moda ni una recomendación más: es una herramienta concreta para devolver orden, sentido y límites a todo esto. Para decidir cuándo, cómo y para qué se usan las pantallas, y cuándo no. Puedes encontrar una guía clara y práctica en la web de la Asociación Española de Pediatría:
https://plandigitalfamiliar.aeped.es/plandigitalfamiliar.php
Y hay otra decisión clave, probablemente la más importante: retrasar la entrega de un smartphone propio a nuestros hijos e hijas. No se trata de prohibir por prohibir, sino de entender qué estamos adelantando cuando damos acceso a un dispositivo que, por diseño, llena todos los huecos. Que mejor ir poco a poco que darle todo del tirón.
Cuanto más esperemos, mejor será para ellos. Porque no les estamos quitando nada. Les estamos protegiendo algo que es mucho más difícil de recuperar después: esos espacios en los que no pasa nada por fuera… para que, por fin, pase algo por dentro.
Un saludo cariñoso,
María Vidal Denis, presidenta de EDR